Después de mucho tiempo, volvimos a caminar como Comunidad Educativa Marista de Morón. Y no fue un camino más: fue nuestra 52.ª Peregrinación Juvenil a Luján, bajo el lema “Madre, en tu abrazo nos reconocemos hermanos”.

Desde las primeras horas del camino, cada paso tuvo un sentido. Caminamos con nuestras propias intenciones y también con las de quienes nos pidieron una oración: nuestras familias, nuestros amigos, quienes atraviesan una enfermedad, una dificultad, una pérdida o simplemente necesitan sentirse acompañados.

Peregrinar a Luján es mucho más que llegar.
Es caminar juntos.

A lo largo de los kilómetros hubo cansancio, dolor, ampollas, silencios, risas, mates, canciones y momentos en los que las fuerzas parecían no alcanzar. Pero también hubo manos que sostuvieron, palabras que animaron y compañeros que ayudaron a seguir cuando el camino se hacía más difícil.

Durante la celebración central en Luján, el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, nos recordó el sentido profundo de esta experiencia:

Nadie vino solo, en cada paso trajimos a nuestras familias, a los amigos, al vecino que la está pasando mal.

Sus palabras pusieron en palabras aquello que tantos peregrinos experimentaron durante el camino: cada uno caminó llevando a muchos en el corazón.

También nos invitó a mirar la peregrinación como una verdadera escuela de fraternidad. Porque en el camino no importan las diferencias ni las distancias que muchas veces nos separan: todos caminamos, todos nos cansamos, todos necesitamos del otro.

El camino nos niveló a todos; caminando, todos gastamos las zapatillas, todos nos cansamos, todos queríamos llegar a la casa de María.

Y al llegar, nos esperaba María. No para preguntarnos cuánto pudimos caminar ni qué tan fuertes fuimos, sino para recibirnos como somos. Con nuestras heridas, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías y todo aquello que llevamos dentro.

El mensaje de Monseñor García Cuerva fue también una invitación a llevar ese abrazo más allá de Luján: a nuestras casas, nuestras familias, nuestras aulas y nuestros espacios cotidianos. A convertirnos en “artesanos de la fraternidad”, capaces de acompañar a quienes más lo necesitan y de tender puentes allí donde hay distancia o dolor.


Gracias por hacer posible este camino.
Queremos agradecer especialmente a cada uno de nuestros estudiantes que se animaron a caminar, a salir de su comodidad y a vivir esta experiencia de fe, encuentro y fraternidad.

También a todas las personas que formaron parte de los puestos de apoyo y de la organización: quienes esperaron a los peregrinos, prepararon comida y bebida, acompañaron, animaron, cuidaron y estuvieron atentos a cada necesidad.  Su presencia fue fundamental para que muchos pudieran seguir caminando.


Después de mucho tiempo, volvimos a caminar.
Y quizás eso sea lo más lindo: no volvimos simplemente a Luján. Volvimos a encontrarnos como comunidad.

Llegamos a la casa de María con los pies cansados, pero con el corazón lleno. Porque una vez más entendimos  que, cuando caminamos juntos, nadie queda solo en el camino.

Madre, en tu abrazo nos reconocemos hermanos. 

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